jueves, 29 de abril de 2010

                                             Por: Boris Reynaldo Li Mao



En una noche de semi penumbra, triste, solo , casi abandonado. Sentado sobre un piso de losetas de granito de una amplia azotea observo la luna llena que irradia su melancólica luz que ilumina mi vida perruna. Aún esbelto y gallardo proyecto una sombra fantasmal que me sobrecoge y me llena de nostalgia de mejores tiempos idos y que no volverán jamás. Mis ojos están mustios y mi lengua reseca jadea levemente. Chasqueo los dientes blanquecinos, agudos y fuertes e intento emitir un sonido en honor a la diosa satélite que me acompaña y atenúa mi solidad y pena, pero sólo me salen aislados gemidos en vez de melodías.

Tiemblo de emoción cuando intento retornar al dulce pasado que alumbró mi existir.

Mi padre, Pastor Alemán, de destacado pedigree logró ganar varios concursos caninos y obtuvo merecidamente trofeos, medallas y diplomas. De porte estupendo y sin embargo no tuvo la hidalguía de reconocerme, ni menos firmó un acta de nacimiento que me diera legitimidad.

Mi madre, hermosa, aunque de pedigree no completamente reconocido, participó en algunos concursos y recibió algunas menciones. Tenía gran dignidad e integridad. En algún instante papá visitó a mamá, congeniaron y como producto de esa relación nacimos mis hermanitos y yo en Cajamarca el seis de setiembre de 1994 a 2,750 metros de altura sobre el nivel del mar. Nuestra maravillosa madre se dedicó por completo a nosotros, nos amamantaba y lamía con ternura infinita. Cada uno de sus críos éramos objeto de su incomparable amor, nos lo brindaba todo. Fueron dos meses de completa dicha.

Cuando de pronto llegó la hora de mi partida. Me separaron abruptamente de mamita, muy tierno. Jamás olvidaré su angustia y mi dolor. Me destetaron y quedé “huérfano”. Con el devenir de los días fui adaptándome a mi nuevo hogar, ahora en la ciudad de Trujillo, donde nació Dios.

Pronto encontré cálida acogida rodeado de niños expectantes y alegres. Me pusieron de nombre Dunga Cafú cuando apenas finalizaba el mundial de fútbol donde Brasil resultó campeón; por mi talento, agilidad, viveza y el predominante color oscuro de mi corto e incipiente pelo, con zonas claras. Mi pequeño protector era Aloncito. Me daba el biberón que yo consumía con avidez tantas veces al día que aumenté de peso prontamente. Dormía en una cajita cubierto de un acolchado cobertor en la cama y al lado de mi amoroso amito. Las primeras noches me vigilaba con cierta frecuencia presto a acariciarme y a darme alimento. Aprecié su insomnio y su devoción y me sentí protegido y amado. El dolor del recuerdo de mamá y hermanitos disminuyó hasta que la resignación me llenó de paz, conservando la inolvidable imagen de una madre cariñosa sin par, rodeada de traviesos cachorritos.

Todos en casa me chocheaban. Dunguita pasaba de brazos en brazos, con abrazos y besos de sincero afecto que me enternecían. Me soleaban en el jardín florido, me cuidaban y acicalaban. Incluso me confeccionaron un chaleco elegante con corbatita michi y me sentía muy importante luciéndolos. La veterinaria me vacunó oportunamente de un fulminante pinchazo. Mi alimentación fue complementándose y sin mucho camote mis orejitas estaban bien erguidas producto del amor y cuidado.

Además de mi pequeño amo, Beita, Paola y Bruno me engreían y los mayores también me prestaban atención. Era su mascota. Seguía durmiendo con Aloncito el que de cuando en cuando se hacia la pila en la cama y yo también. Era el frío, pues nos destapábamos entre sueños. A veces nos hacíamos popó y allí saltaba la ama Ana. El colchón estaba protegido con un grueso plástico pero la sábana no escapaba de la inundación o de nuestros eventuales residuos sólidos. Menos mal que aprendimos a controlarnos y así la tranquilidad llegó al hogar.

Me sacaban a pasear los domingos o cuando había oportunidad. Me sentía realmente miembro de la familia. Dunguita para acá, Dunguita para allá. El eco de mi nombre resonaba sin cesar y me sentía feliz. Alguna vez me miraba en el espejo y mi pecho se hinchaba de orgullo al contemplar que crecía a pasos agigantados y que tenía una muy atractiva figura.

Cuando llegaba visita era el centro de la atracción y todos me alababan con frases amables que me llenaban de gozo. La colita la movía en señal de alegría. Hubiera querido decir: ¡Gracias, gracias y mas gracias!. Entonces me inspiraba y en un remedo de danza improvisada me contorneaba, giraba y daba saltitos y mas “gracias”, que provocaban aplausos de la privada audiencia dispuesta a aprobar todo lo que el pequeño y gracioso Dunga hiciera. Solo me faltaba hablar y reír con ellos. Lo digo sin mayor jactancia.

De día caminaba por todas las habitaciones. Solamente me faltaba aprender a movilizarme por las escaleras, pero no faltaba alguien que me auxiliara. Mi olfato se desarrolló y apreciaba la fragancia delas flores y veía posarse a los pajaritos sobre las ramas. Me encantaba empujar la pelota y hacerla rebotar. Los chicos participaban en mis juegos. Me encantaba el ambiente de la cocina abrigadora y escuchaba el freír de los guisos y no podía contenerme. Ponía el rostro de muerto de hambre, me agitaba y persistía hasta que lograba algún bocadillo. Me proporcionaban sobras limpias y seleccionadas. Evitaban darme algunos huesos de ave pero aprendí a masticarlos y a engullirlos sin atragantarme.

Cuando intentaron darme alimento balanceado casi no me gustó. Me había acostumbrado a la comida casera y cuanto más condimentada mejor. Y si algún cebichito picante llegaba a mi paladar me saboreaba de satisfacción. Lo que nunca me agradó fue el plátano ni el pan por más remojada que estuviera.

Me aseaban con un duchazo mediante una manguera en el jardín de la calle sobre el grass. Luego me agitaba para sacudirme la humedad. Hasta usaron la secadora eléctrica. Me pasaban el cepillo y me impregnaban con colonia.

Solían llevarme aun parque cercano con mi collar y cadenita liviana. Retozaba y me entretenía con mis leales compañeritos. También me sacaban en carro de pequeño sobre algún regazo y me levantaban para que observe los alrededores a través de la ventanilla. Contemplaba los edificios de diferente tonalidad. Los árboles, los transeúntes y muchos vehículos. Todo me llamaba la atención.

Me percataba cuando mis amos grandes y los pequeños se santiguaban porque estábamos ante una Iglesia. Empecé a reconocer sus fachadas imponentes y cuando tuve oportunidad de escuchar el tañido de las campanas me regocijé. Conocí la Plaza de Armas y paseé por sus anchos pasadizos y aceras rodeados de espaciosos y agradables jardines con hermosas palmeras y frondosas poncianas y en el centro, significativas estatuas de mármol traventino. Y en todo lo alto un hombre libre con capa con el pie sobre América y su diestra erguida mostrando la antorcha que simboliza la juventud y la libertad.

Me daban alguna golosina y todo lo compartían conmigo, amistad y cariño. Hasta me hablaban y yo mentalmente les contestaba. Fueron muchos los momentos de mi feliz niñez. A veces me pregunto por qué no me pusieron Romario en honor al goleador o tal vez Bebeto quien se convería en mecedor de bebés imaginarios cuando acertaba un gol Alguna vez me hicieron una camiseta crema y me la encajaron “a la prepo”. Todos en cas son hinchas de la “U”, por el legendario “Lolo” Fernandez, el “Toto” Terry, Chale, el “Chemo” y el “Puma” Carranza. Me hubiera gustado también lucir la casaquilla del Alianza Lima de Alejandro Villanueva, mas de acuerdo con mi tinte natural.

Trataron de disciplinarme con el fin de que no hiciera mis necesidades elementales en cualquier sitio. Utilizaron el papel periódico una y otra vez. Jamás obedecí, así que no se podía evitar que los adultos lanzaran el grito al cielo cuando encontraban algún “regalito” bien perfumado. Lo que sí aprendí es a ver la televisión. Me encantaban los comerciales sobretodo los que ofertaban apetitosos manjares caninos. Y cuando vi una película de animales incluídos algunos congéneres míos, de inmediato agudicé mi visión y mis orejas se levantaron al máximo. Fue una muy grata impresión. Muchos gustos familiares se me pegaron como chicle globo que masticaba y masticaba e inflaba hasta extraerle todo el sabor y distracción, con riesgo a contraer paperas. ¡Qué instantes aquellos… guau!.

Cuando cumplí mi primer aniversario me hicieron una torta bien decorada con sabor a vainilla con harta crema. En relieve se apreciaba mi nombre en letras grandes y llamativas: “Dunga”, me cantaron el “Happy Birthday” y no pude soplar la velita intermitente. Luis Alonso lo hizo por mí. Estallaron los aplausos y todos me dieron palmaditas afectuosas, abrazos y hasta besos. Yo lamí con mi lengua y nariz siempre húmeda el rostro de mas de uno. Comi torta después del pollo asado. Me trataron como aun perdadero príncipe. Nunca lo olvidaré. ¡guau, guau!, en Do Mayor.

Contrataron a un entrenador “Chato”, macizo con pinta de karateca quien como disco rayado repetía hasta el cansancio: ¡Camina!, ¡Arrástrate!, ¡Detente!, ¡Stop, stop!, ¡Avanza rampando!, ¡Alto! Y otra vez lo mismo y ¡Zuácate, un coscorrón por no estar atento!. Y luego deuna suave jaladita a la cadena: ¡Camina! O una empujadita a la cabeza. Lo mismo: ¡Avanza!. Lento pero progresivamente fui asimilando las instrucciones. ¡Párate!, ¡Detente!, ¡Up:salta!...¡Quieto, hazte el muerto! Okey,continúa. Instistía: ¡Sit:siéntate!, ¡Down, échate!, ¡Stop: detente!, ¡Raf: rampar!, ¡Arrastrarse: semi-echado!. Repite otra vez…¡Continúa, continúa!, ¡Ref: ataca!... ¡No te detengas!, ¡Up, up!. Descanso. Una palmadita en la cabeza: ¡Animo!... En un descampado, el adiestrador, protegido completamente por doble pantalón y camisas y casaca. El brazo izquierdo cubierto por un tubo flexible envuelto de un paño grueso y con un chicote en la mano derecha que golpeaba contra el suelo produciendo un estruendo alarmante, me azuzaba con el fin de que lo atacara, provocando finalmente mi ira por lo que embravecido embestí con fuerza haciéndole perder la estabilidad y el tino, a la vez que maldecía a mis antecesores, como si tuvieran culpa alguna de su exabrupto. Todo aquello fue una experiencia interesante. Pero posteriormente de poco me valió cuando Teresa, la cocinera, me acosaba a escobazos por desobediente, me “chupaba” y “arrugaba”. Sin duda no era “sanforizado” ¡Ja, ja, ja, Guau!.

Era muy efusivo y cariñoso. Recuerdo que por expresivo en exceso al levantar mis patas delanteras y apoyarme en el pecho de mi amo mas veterano, quien es enclenque de poco peso y equilibrio, cayó de bruces espectacularmente. Los presentes se alarmaron y yo igual, hasta que por fin ayudado lentamente se puso de pie. Menos mal que no requintó ni me insultó, pero su mirada fue de reproche. Entonces se escucharon carcajadas de alivio y el buen humor volvió a imperar. Si el accidente hubiera sido ahora podía haber tenido mayores consecuencias pues el viejito canoso está mas fragilón y menos vacilón, y lo digo con afecto y no en son de burla. Que conste. ¡Otra vez Gua, reguau!.

En Navidad me ataviaban con una calzoneta amarilla y me daban uvas dulzonas. Al pie del arbolito habían algunos regalitos para mí envueltos con papel decorativo con figuras de animalitos. Las tarjetas decían: ¡Con todo afecto para Dunguita”, “Vaya este regalito para ti, Dunga querido”, “Te amamos y eres nuestro fiel amigo”, “Con un besote enorme, te deseo Feliz Navidad”, etc. Luego me mostraban los obsequios: Un hueso apetecido, galletitas sabrosas, un nuevo collar, un frasco de colonia algo costosa, objetos para mi entretenimiento y hasta un perrito de juguete que exclamaba ¡Guau, guau”, como cotorra. Luego me hartaba de la cena sobrante y hasta me embriagaba con la Sidra que restaba en las copas.

En Año Nuevo me llevaban por las vecindades a presenciar la quema de muñecos, pero espantado con el reventazón de cohetecillos y cohetones regresaba a prisa a refugiearme en un rincón lejos del mundanal ruído con el rabo entre las piernas. Hasta ahora no he podido recuperarme de ese trauma. Me consolaban alcanzándome residuos de panetón, tozos dorados de carne de ave y chocolate espeso y calientito y terminaba el año saturado de Champagne Nacional que alteraba mi mente mareándome y ya no decía: ¡guau sinó Jiau, Jiau y Sillau!. Caminaba haciendo eses, no heces y concluía desplomándome hasta soñar con angelitos blancos y con canes alados con aureola y todo. Me sentía flotar y flotar plácidamente sobre nubes de algodón rodeado de un silencio tranquilizador hasta quedar profundamente dormido.

En los veranos tenía oportunidad de acompañar a mis amitos rumbo a Huanchaquito a medio día entre semana, cuando no había mayor afluencia de gente. Ya estaba crecido e iba en la tolva de la camioneta acompañado. Me desplazaba por la blanca tibieza y me acercaba al mar estampando mis cuatro huellas en la húmeda y fina arenilla y me mojaba en el agua salada. Iba y venía, dejando una estela de suave espuma. Me mojaba y jugaba con mis compañeritos de familia. Un día cometía la torpeza de deshacer un castillo de arena y como castigo me lanzaron una cáscara de plátano y un tamal a medio comer. Sobre el pucho cogí lo último y lo tragué de un solo bocado y la corteza del banano me resbaló como todo lo que no aprecio o incomoda. Cuando calentaba mucho el sol me aproximaba a la sombrilla y volvía a corretear alegremente tras mis “colleras” inseparables. Total los rayos no podía ennegrecer mas mi piel protegida por mi hirsuto pelaje oscuro aunque las partes claras ya estaban despercudidas.

Los cangrejos, carreteros y muymuyes despertaban mi curiosidad y los olfateaba. Alguna vez me provocaron una alergia y gran escozor lo que me sirvió de santo remedio por insistente. Cuando intenté estornudar me salió un quejido coreado por ¡Guau, guau, chis, de chismoso…!. ¡Cómo me chisporreo y meo! Sin levantar la pata. Perdón por el desvario. Transitamos luego, ya en Huanchaco, por el antiguo muelle de madera donde muchos jóvenes “pescadores” con cordeles de nylon, anzuelos y buenas “carnadas” trataban de extraer algún pececillo incauto. Husmeé por los caballitos de totora que no galopan. Probé un anticucho acorazonado y de postre un picarón, un rosquete y el sobrante de una gaseosa semi helada. ¡Qué más podía pedir, y ¡Yo soy un perro guapo acorazado como un armadillo!...

 

 


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