Trujillo visto por sus hijos ausentes
Por Carlos Santa María Goicochea
Publicado 6 enero 2008
Diario La Industria
Estos días de fin de año han sido motivo de reencuentro con ciertos amigos o parientes trujillanos que regresan a su ciudad tras algún tiempo de haber estado fuera. Y es una buena oportunidad para escuchar sus impresiones de cómo encuentran a Trujillo después de todo ese tiempo, dado que por lo general ellos vienen de otra realidad más moderna y, reconozcámoslo, más civilizada que la nuestra.
Es sorprendente darse cuenta cómo a veces, a quienes residimos aquí, la observación diaria de nuestra realidad la convierte en parte de una rutina que hace que pasemos por alto muchas cosas que sin embargo saltan a la vista para quienes vienen de afuera. Por eso creo que las impresiones que he podido recoger son interesantes y las quiero compartir en este artículo.
Empezando por lo positivo, lo primero que ellos reconocen es el rápido crecimiento que ha experimentado la ciudad en poco tiempo, evidenciado principalmente en dos hechos: la gran cantidad de edificios de departamentos que han proliferado por todas partes, y el crecimiento comercial reflejado en los megacentros construidos en las avenidas Fátima y Mansiche, al sur y al oeste de la ciudad respectivamente, así como en otros centros comerciales y de comida que han sido levantados en varias partes de la ciudad y que, entre otras cosas, están cambiando el paisaje nocturno casi oscuro de la ciudad de antaño por la luminosidad de los avisos resplandecientes de restaurantes, farmacias, tiendas, galerías comerciales, etc.
También hacen referencia al mejoramiento de la avenida que une la ciudad de Trujillo con el balneario de Huanchaco y el aeropuerto Carlos Martínez de Pinillos, resaltando su iluminación nocturna y la puesta en valor - especialmente con el sembrado de plantas - del óvalo ubicado en la intersección de esa avenida con la vía de evitamiento (en el cual, dígase de paso, se han colocado las letras “AG” que parecieran una alusión al Presidente de la República).
Igualmente les llama favorablemente la atención el arreglo e iluminación del óvalo papal, y la iluminación de algunas iglesias del centro histórico de la ciudad.
Hasta ahí, en resumen, lo que ha impresionado en forma positiva a quienes han venido estos días a Trujillo. Sin embargo hay otras observaciones que se refieren a las cosas que ven mal o que incluso consideran que han empeorado desde su última visita. Y es en ellas donde hay que poner más atención.
Sobresale con creces el pésimo estado en que se encuentran las pistas, y esto es muy cierto pues muchas de ellas presentan huecos y rajaduras, hundimientos producidos en gran parte por un mal arreglo de las instalaciones de desagüe que salen de los nuevos edificios, levantamientos de la capa asfáltica por mala calidad de la misma, desniveles, etc.
También les llama la atención la gran cantidad de desmontes que, como todos sabemos, son originados por material de construcción desechado que es tirado libre e impunemente junto a las pistas y carreteras y que induce a que se arroje además basura en ese mismo lugar.
Y el óvalo de la avenida Larco, cuyo diseño es un enigma para los visitantes y se preguntan si el cambio del entorno de la estatua de don Víctor Larco Herrera ha valido la pena.
Y el ya famoso automóvil convertido en chatarra que tiene por lo menos diez años abandonado en plena vía pública en la céntrica calle San Andrés frente al restaurante Las Mollejitas, dificultando el tránsito vehicular y convertido en un repulsivo foco infeccioso y de basura, y que se puede ver incluso desde las fotos de satélite del Google Earth.
Se preguntan además porqué no se ha realizado la apertura de ciertas vías que son importantes para el tránsito vehicular como la avenida América que está junto al nuevo centro comercial de la avenida Mansiche, donde se forma un “cuello de botella” incluso para quienes se dirigen a Huanchaco o al aeropuerto; o la avenida Jesús de Nazareth que falta abrirse para llegar a ese punto directamente desde la avenida España a la altura del edificio Servat; o la avenida Miraflores, junto al cementerio, que al parecer por la negativa del dueño de una casita no puede terminar de ampliarse y se ha convertido en un basural.
Y los visitantes que llegan por tierra, por la carretera Panamericana, critican algunas cosas de los ingresos sur y norte: en el lado sur, el triste espectáculo que da a la altura del puente sobre el río Moche la presencia de unos sacos negros amontonados junto a la pista, y en el lado norte el ingreso al centro histórico que sigue siendo a través de un pasaje muy estrecho situado detrás de la Coca Cola donde se estacionan camiones de carga y descarga.
Capítulo aparte son los comentarios acerca del centro histórico: el estado ruinoso de muchas casas que han seguido deteriorándose y que están incluso a punto de desplomarse, las inmensas paredes de los conventos de Santa Clara y El Carmen que están cubiertas de tierra acumulada durante muchos años, la proliferación de pequeños negocios con avisos multicolores y desproporcionados que le quitan prestancia al paisaje tradicional de la ciudad, las fachadas despintadas y deterioradas de muchos edificios que hasta sirven de letrina, las plazuelas enrejadas que parecen cárceles donde se impide el libre ingreso del transeúnte para gozar de las escasas áreas verdes y de reposo que tiene la ciudad (esto también se ve en algunas urbanizaciones), las calles Grau y Almagro con sus adoquines de piedra levantados, hundidos o ausentes que les dan un lamentable aspecto y dificultan el tránsito vehicular.
Creo que una virtud que debe ser practicada especialmente por quien tiene la responsabilidad de gobernar un pueblo o una ciudad, es saber escuchar con atención las observaciones de los ciudadanos, y apreciar las críticas cuando éstas están bien dirigidas. Estoy convencido de que el alcalde provincial sí la practica.
Sin embargo mucho de lo relatado líneas arriba es el reflejo de una gran desidia o falta de decisión de las autoridades y funcionarios municipales para asumir con prontitud la solución de los problemas de la ciudad, a pesar de que se habla mucho de un “gran cambio”. Además es notoria la falta de convocatoria para la toma de decisiones importantes que afectan al vecindario, y esto suele suceder cuando el funcionario o la autoridad creen saberlo todo y se sienten por encima de los demás. Vemos, por el contrario, que más bien han primado en estos meses la discordia y el enfrentamiento, por lo que hasta ahora solo podemos calificar la gestión municipal trujillana como mediocre.
Frente a los próximos compromisos internacionales de este año en el país, es urgente tomar medidas que fortalezcan a nuestra ciudad y la presenten como moderna y civilizada. O por lo menos empezar ya el intento sin más pérdida de tiempo. El gran reto está dado.
Trujillo 1 de enero del 2008
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