La mala racha de los tiranos
De: Diario El Comercio
OCASOS. El año que terminó fue especialmente contrario a los dictadores: ejecuciones, muertes naturales, enfermedades sorpresivas, encarcelamiento y juicio por crímenes atroces acorralaron a varios en el mismo período. Un círculo de condenas que podría continuar este año
Por David Hidalgo Vega
Algo debió pasar para que el 2006 haya sacudido a los déspotas del mundo. La coincidencia de su desgracia es tan peculiar que provoca atribuirla, por decir, a cualquier signo celeste: tres de los más claros autócratas fallecieron mientras eran sometidos a juicio o como resultado de la sentencia; varios se mantuvieron en exilios cada vez más acorralados por reclamos de los tribunales; uno resintió los golpes de la edad y dejó de aparecer en público, mientras que otro cerró con un paro cardíaco las extravagancias que hicieron de su país una caricatura. Estamos hablando de hombres realmente infames, verdaderos reyes de la muerte sobre cuya memoria pesan miles de víctimas. Un día se va a recordar el período que terminó el domingo último como el año negro de los dictadores y conviene precisar por qué.
CARNICERO SERBIO
El primer testigo contra Slóbodan Milósevic --en el juicio que se le abrió en el 2002-- contó un episodio que retrataba al ex presidente serbio como el carnicero que era. Mahmut Bakalli, un veterano comunista albanés, estaba dando detalles de la persecución de su etnia por parte de la policía de Kósovo cuando le tocó hablar de su familia. Los serbios la habían masacrado, incluyendo a su mujer y a su hijo. En algún momento --según su testimonio-- pudo reclamar cara a cara al dictador por esos crímenes. Milósevic le respondió: "No te exaltes. Les dimos dos horas para que abandonaran el edificio".
Los seguidores del proceso no podrían olvidar esa escena, como las víctimas tampoco la obscenidad de sus actos. En los dos últimos años Milósevic era procesado por 66 acusaciones que iban desde crímenes de guerra hasta genocidio. Los fiscales habían logrado que se incluyera todos los cargos en un solo juicio, de manera que todas sus víctimas sintieran el consuelo de una sentencia rápida. Sin embargo, Milósevic, quien se encargó de su propia defensa, dilató las audiencias con tono desafiante. "Estoy preparado para concurrir a cualquier audiencia del tribunal, porque esta batalla no la perderé", dijo al juzgado, presidido por Richard George May, un juez británico implacable.
La grandilocuencia era el estilo del dictador. "Gobernaré el tiempo que quiera", solía decir en su época de gloria. Su capacidad manipuladora le hizo ganar influencia. El burócrata partidario que fue en algún momento alcanzó el poder exacerbando el nacionalismo serbio en Kósovo, una provincia de mayoría albanesa, en un país armado como un rompecabezas étnico. A fines de los años ochenta fue elegido presidente de Serbia y una década después, en 1997, obtenía el poder en Yugoslavia. Para entonces había alentado la guerra y firmado la paz cuando le convino. Su poder yacía sobre el cerro de 8.000 muertos de Srebrenica, miles de deportados albaneses y desplazados musulmanes. La crisis de Kósovo de 1998 fue solo el recrudecimiento de sus juegos sangrientos de una década atrás.
No calculó bien lo que se venía. Cuando las tropas de la OTAN demolieron todas sus resistencias, a Milósevic ya no se lo veía para nada. Durante semanas ni sus asesores más cercanos tenían idea de su paradero. En octubre del 2000 perdió las elecciones. Cuatro meses después fue arrestado en Belgrado. En abril del 2001 era deportado a La Haya. En febrero del 2002 pasó al banquillo como el primer jefe de Estado juzgado por tribunales internacionales desde los casos de Núremberg y Tokio. Era el juicio por crímenes de Guerra más importante desde la Segunda Guerra Mundial.
El juez May no se dejó ningunear por un envalentonado Milósevic que denunciaba un complot internacional en su contra. Mandó a ponerlo en aislamiento, lejos de los otros 38 acusados, para evitar que el hombre se suicidara. Pero la mañana del 11 de marzo del 2006 Milósevic fue encontrado muerto en su celda. El médico que lo examinó dijo que había sufrido un paro cardíaco. Una autopsia urgente descartó suicidio y homicidio. Faltaban pocos meses para su sentencia.
CARNICERO IRAQUÍ
Las imágenes de Saddam Hussein a punto de ser colgado son parte de ese archivo siniestro de imágenes que relatan su vida. En 1982 el mismo Hussein se apareció con un camarógrafo oficial en la aldea de Dujail, al norte de Bagdad, donde se iban a producir los hechos que motivaron su muerte. Necesitaba una muestra de respaldo popular y pensó que podía obtenerla en un pueblo cuyos varones luchaban en ese momento en la guerra contra Irán. Habló del coraje de sus soldados, agradeció a las familias que entregaban a sus hijos a la patria y se mostró complacido ante la multitud que rodeaba la sede del partido oficial. Cuando su caravana se retiraba, se oyeron disparos desde una arboleda. Sus guardaespaldas lo salvaron. Entonces la misma cámara de video registró un nuevo discurso: Saddam anunciaba castigo para los traidores.
Más de 150 personas fueron arrestadas. El propio dictador interrogó a dos de los sospechosos que luego fueron llevados, con toda la masa, a la prisión de Abu Ghraib. La mayoría no regresaría. Sobre Hussein pesaba también el cargo de genocidio por el ataque químico contra el pueblo de Halabja, donde murieron 5.000 ciudadanos chiitas y kurdos, cuyos cuerpos también fueron filmados en pleno rigor mortis, pero fue el caso de Dujail el que resultaba más fácil de probar. Sobre esas 143 muertes se basó su sentencia al patíbulo. Saddam, quien tenía la reputación de no dar ninguna orden por escrito, pasó por el mismo trance que sus víctimas, con una aparente tranquilidad que no tuvo durante el juicio.
Si caben aquí las comparaciones, aparecen coincidencias: Hussein también permaneció escondido hasta poco antes de su caída. Al igual que Milósevic, la apariencia demacrada y aterrorizada se acabó al presentarse a juicio. Y en el mismo estilo, solía descalificar a sus jueces acusándolos de obediencia a las fuerzas de ocupación de Iraq. "No te reconozco a ti ni al tribunal que presides", espetó Saddam Hussein al magistrado, el primero de los que lo juzgarían en un proceso tan agitado como el mismo país. Dos abogados fueron asesinados y un segundo juez debió entrar a poner orden cuando los críticos denunciaron algo de blandura en el tribunal. Todavía se especulaba con el supuesto asesinato en prisión de Milósevic cuando Saddam ya parecía condenado por los testimonios.
En un documental de la cadena DW alemana un testigo señala que si Saddam adquirió fuerza política fue por sus cualidades como asesino. El ciego delirio omnipotente y la elocuencia también marcaron su vida: Cuando invadió Kuwait y una alianza militar encabezada por EE.UU, Gran Bretaña y Francia se le iba encima, Saddam llamó a sus tropas a "la madre de todas las guerras". Tres días después había perdido el territorio conquistado. Su discurso se radicalizó, que es la manera en que los sátrapas se ganan la confianza de pueblos confundidos. Uno de sus biógrafos, Said K. Aburish, que trabajó a sus órdenes, dijo que "Saddam Hussein pasó varias décadas creando su propio mito, y después, sus enemigos, pasaron algunas más tratando de desmantelarlo".
El episodio final, en los mismos cuarteles secretos de inteligencia que una vez regentó y donde fueron ejecutados sus enemigos, solo le dio un nuevo matiz dramático a su desaparición, a las 6 de la mañana del 30 de diciembre del 2006.
CARNICEROS DEL MUNDO
Todavía en unos años más se notará el peso de que Augusto Pinochet haya fallecido en el Día Internacional de los Derechos Humanos, 10 de diciembre del 2006. Se verá cuando se cumpla un año y las calles se llenen de gente que festeja la libertad y gente que extraña al dictador. La imagen de tres jóvenes despidiéndolo con el saludo nazi solo confirma esto de las coincidencias siniestras: resulta que tanto Milósevic, como Saddam y Pinochet se hicieron condecorar en vida como los mayores héroes de sus pueblos. Y el antiguo gobernante chileno no se quedaba demasiado lejos en las estadísticas fúnebres de su gobierno, con 3.000 desaparecidos. Que lo hayan despedido con un sepelio masivo tampoco es una diferencia: el cadáver de Milósevic fue acompañado por cincuenta mil personas.
La cadena de autócratas pudo extenderse con Fidel Castro, sobre cuya condición ya corren los rumores fúnebres. Finalmente no se sabe si está vivo o muerto, pero dejó abruptamente de ser una presencia el año pasado. Hasta donde cabe, puede ser una muerte política. Por eso no puede sustraerse al círculo de fatalidades que marcó el 2006 para las tiranías. Un círculo del que no escapó un hombre menos conocido, pero no menos delirante como Saparmurat Niyázov, presidente vitalicio de Turkmenistán, quien no pudo abolir por decreto el ataque cardíaco que lo abatió, como antes había hecho con el sida o la TBC. Como Hussein, Niyázov adornó con efigies suyas las calles de su capital. Planeaba obras faraónicas como un zoológico con instalaciones para pingüinos en el desierto. Y tenía por deporte, entre otras perlas, relevar a sus funcionarios y encarcelarlos con sus familias completas. Murió en un diciembre que ya no era diciembre, porque cambió el nombre de los meses por el de sus familiares.
Pero que nadie se engañe con falso optimismo. Queda Kim Jong Il como guardián de Corea del Norte, empeñado en mantener su fuerza militar sobre los harapos de su pueblo aislado. En algunos días debe empezar el juicio a Mengistu Haile Mariam, sátrapa etíope que mató cuanto quiso durante casi veinte años de gobierno y ahora vive exiliado en Zimbawe. En abril le llegará el turno a Charles Taylor, el carnicero de Liberia, a quien el reportero Jon Lee Anderson describió como "el dictador más malvado del mundo": un tribunal especial juzgará los crímenes contra la humanidad cometidos bajo sus órdenes durante los diez años de guerra civil (1991-2001). Y quedan algunos personajes occidentales con demasiadas ganas de convertirse en salvadores
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