Posted on Sun, Sep. 11, 2005 , Envío de Terry Angulo
Por Carlos A. Montaner (De El Nuevo Herald)
Fidel Castro le ofreció a Estados Unidos un pequeño ejército de 1,586 médicos para contribuir a aliviar la catástrofe del huracán Katrina. El Departamento de Estado, cortésmente, declinó la ayuda y explicó la razón: el país no necesita auxilio sanitario. Tiene los médicos y hospitales que requiere. Los problemas, todos transitorios, son de otra índole y están relacionados con la logística y con la urgencia, no con las carencias. No es que Estados Unidos no tenga agua potable, raciones de comida o petróleo, sino que súbitamente tiene que alimentar y evacuar a cientos de miles de personas en movimiento en medio de ciudades inundadas y en ruinas.
Sin embargo, Fidel Castro no ofreció su contingente de médicos con el objeto de que Estados Unidos lo aceptara. Era un gesto. Fidel Castro es un hombre de gestos. Lleva casi medio siglo jugando con las apariencias. Aparenta ser un estadista amado por un pueblo próspero y feliz en el que las principales necesidades han sido satisfechas. El sabe que es falso, pero no le importa. Dedica todo su esfuerzo a divulgar esa imagen y a ocultar la verdad de un país miserable y desesperado. Dentro de su enrevesada psicología, su propuesta es una forma de humillar a Estados Unidos e infligirle una derrota política. Supuestamente, si Washington acepta los médicos es la prueba de la invencible superioridad de su sistema comunista, siempre solidario y alerta. Si no la acepta, se demuestra la indiferente perfidia del capitalismo ante el dolor de los pobres de Louisiana, casi todos negros.
En todo caso, los verdaderos humillados y ofendidos son los médicos cubanos. Esos 65,000 buenos profesionales, generalmente abnegados y sacrificados, que en Cuba suelen trabajar y vivir en condiciones miserables. Son los esclavos preferidos del comandante: los alquila, los vende, los regala, los presta, los cambia por petróleo, los utiliza como coartada para justificar su dictadura. Es a través de ellos (y de los dentistas) que Castro expresa sus espasmos altruistas. Su bondadoso internacionalismo revolucionario se fundamenta en el sacrificio de los médicos cubanos. Unas veces los usa para fomentar el clientelismo político, como sucede en su rica colonia venezolana, o para hacer propaganda, o para presionar en el terreno diplomático al país que recibe su regalo envenenado. Son sus esclavos y deben obedecerlo dócilmente. No pueden emigrar, pero si Castro, con un chasquido de los dedos, les pide marchar al extranjero, deben hacerlo inmediatamente y dejar a sus familiares de rehenes. Una vez allí, en Argelia o en Guatemala, en Irán o en Honduras, deben callar cuanto saben de la realidad cubana, sin escapar, pues si lo hacen nunca más podrán ver a sus seres queridos.
Las relaciones de Fidel Castro con los médicos son muy peculiares. Su hijo predilecto --y se le conoce una docena-- es un ortopeda bonachón y discreto. Está rodeado de médicos, tal vez porque es un notable hipocondríaco, mientras detesta el contacto con los abogados, que es la carrera que él estudió. Son médicos su principal asistente, José Miyar; su vicepresidente, Carlos Lage; los dos cancerberos de la ortodoxia ideológica estalinista: José Ramón Machado Ventura y José Ramón Balaguer. Su médico personal, Eugenio Zelman, se suele quejar, medio en serio, medio en broma, de que ''Fidel es un médico frustrado que quiere saber más medicina que yo''. Y así es: en el hospital Hermanos Almeijeira temían como a la peste las visitas del Máximo Líder y sus alocadas opiniones sobre cómo y qué se debía recetar. Su necesidad patológica de deslumbrar al interlocutor y demostrarle su sabiduría lo llevaba a dictar cátedra de medicina. Ningún médico se atrevía a decirle lo que realmente pensaban de sus necios consejos.
El Parlamento hace unos cuantos años le regaló un yate fastuoso para festejar su cumpleaños. Hace poco le obsequiaron un pequeño hospital rodante con un equipo de médicos y cirujanos que lo acompaña a todas partes. Cuando era más joven quería gozar de la vida. Ahora se conforma con prolongarla. En el edificio donde radica su despacho sucede lo mismo: tiene permanentemente a su exclusiva disposición un completísimo centro para cualquier clase de emergencia médica. Basta un acceso de hipo para que se disparen todas las alarmas. Ningún jefe de gobierno en el planeta toma tantas precauciones. Ninguno ordena y manda un ejército de 65,000 entristecidos esclavos de bata blanca.
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