viernes, 02 de septiembre de 2005
D. OVALLE, S. DODD y M. MERZER / The Miami Herald

NUEVA ORLEANS

(Artículo enviado por Terry Angulo)


Con sus hijos y unas pocas pertenencias a cuestas, algunas de las desesperadas víctimas del ciclón Katrina lograban escapar ayer de la agonizante ciudad, mientras funcionarios federales trataban de lidiar con el mayor desastre natural en la historia de la nación.

Para miles y miles de personas, el tiempo se estaba acabando. Un reportero del Herald vio tres cadáveres dentro y alrededor del Superdome. Las críticas del esfuerzo de ayuda federal aumentaban, y no sólo en Nueva Orleans.

''No hay FEMA, no hay Cruz Roja, no hay ayuda'', dijo James Gibson, de 45 años, de Lakeshore, Mississippi.

Algunos de los que habían sobrevivido el embate de Katrina cuatro días antes habían muerto en las ruinas de sus casas, en las calles de la ciudad y hasta dentro del Superdome y del Centro de Convenciones de la ciudad.

Los alimentos y el agua potable habían desaparecido. La anarquía imperaba. Había múltiples reportes de helicópteros y otros rescatistas tiroteados por personas que estaban secuestrando vehículos de transporte o abastecimientos.

La magnitud de la calamidad se hizo evidente con esta simple estadística dada por la Casa Blanca: las áreas de desastre cubrían 90,00 millas de Estados Unidos.

Refuerzos del ejército y la policía acudían a la región tratando de restaurar el orden. Sin embargo, en el Superdome, en el Centro de Convenciones y en las inundadas calles de Nueva Orleans imperaba el caos.

Una muchedumbre guiada por tropas de la Guardia Nacional portando armas de asalto, salía del Superdome hacia los pocos autobuses que habían llegado para sacarlos del refugio. El Superdome estaba lleno de cadáveres, de fuegos y de pilas de excrementos humanos.

Unos 5,000 refugiados alcanzaron los autobuses que los llevaron al Astrodome de Houston. Pero sólo había 2,000 camastros esperándolos. Una vez más, miles de personas sufrían inútilmente por falta de previsión.

En Nueva Orleans, las condiciones dentro del albergue del Centro de Convenciones Ernest N. Morial, también suscitaban graves preocupaciones.

El alcalde de la ciudad, Ray Nagin, emitió lo que calificó de un ''SOS desesperado'' para ayudar un lugar donde había miles de personas enfermas, hambrientas, sedientas y, en casos, al borde de la muerte.

''Ahora mismo, estamos sin recursos y no vamos a tener suficientes autobuses'', dijo el alcalde. ``El centro de convenciones carece de condiciones higiénicas y es peligroso. Y nos estamos quedando sin abastecimientos''.

Lizzy Kelley, de 48 años, y su familia dijo que el centro estaba lleno de excrementos humanos y de gente aterrada, irritada y violenta. Kelley dijo haber sido amenazada a punta de pistola, haber dormido en un piso de concreto y haber bajado por una escalera inundada donde encontró flotando animales muertos.

''Era una pesadilla, una pesadilla'', dijo Kelley.

Durante la noche, un masa de recién llegados empujó a su familia. ''Si no deja espacio, va a morir'', le dijeron.

Los estimados de muertes están en los miles. Y hay mies de desaparecidos.

Los estimados de los daños llegaban a los $50,000 millones, el más alto para un desastre natural en la historia de Estados Unidos.

La mayoría, sin embargo, reconoció lo complejo que resulta enfrentarse a una tragedia de esta magnitud. De cualquier modo, las críticas a los esfuerzos de ayuda realizados por la FEMA y otras agencias han aumentado.

La terrible intensidad de la tormenta y el lugar por dónde tocaría tierra se conocían con días de antelación. ¿Por qué entonces había, incluso luego de tres días que la catástrofe había atacado, tantos efectivos de la Guardia Nacional sin ocupar las posiciones que debían? ¿Por qué había tantas áreas todavía sin ser visitadas, sin ayuda, sin seguridad? ¿Por qué tanta gente se ha muerto de deshidratación y sus cadáveres han aparecido tirados en las calles de ciudades norteamericanas?

''No hay dudas de que esto es una desgracia nacional'', dijo Terry Ebbert, director de las operaciones de emergencia de Nueva Orleans. ``Podemos enviar cantidades enormes de ayuda para las víctimas del tsunami en Asia, pero no pudimos siquiera ayudar a la ciudad de Nueva Orleans''.

La mayor parte de la atención se ha concentrado en el drama que tiene lugar en la ciudad donde nació el jazz, pero miles de personas también han sufrido mucho en otros sitios como Gulfport, Biloxi y muchísimos pueblos a todo lo largo del río Mississippi y la costa de Louisiana, lugares tan lejanos como Alabama y la zona conocida como el Panhandle de la Florida.

Afortunadamente, alguna ayuda llegó, como por ejemplo hielo, agua y alimentos preparados, pero fue absolutamente insuficiente y se notó que faltaba coordinación.

El presidente Bush y algunos funcionarios estatales dijeron que el gobierno estaba haciendo todo cuanto estaba a su alcance.

''Este es el peor desastre natural en la historia de esta nación'', dijo Haley Barbour, gobernador de Mississippi. ``Nada había sido tan brutal nunca antes. Nos hemos quedado indefensos''.

Hoy se esperan unos 20,000 efectivos de la Guardia Nacional en la región, mientras otros 10,000 soldados llegarán durante el fin de semana, dijo Jack Harrison, portavoz de la Guardia Nacional.

Aunque está aún en su receso, el Congreso accedió a reunirse y aprobar un presupuesto de $10,500 millones en ayuda.

Además, el Presidente le pidió a su padre, el ex presidente George H.W. Bush, así como al ex presidente Clinton, que se encargasen de dirigir una campaña privada de recaudación de fondos para las víctimas, al igual que hicieron tras el paso del tsunami en Asia y Africa.

En Nueva Orleans, donde las condiciones se deterioran a cada minuto, las autoridades han puesto en marcha un plan de evacuación de última hora para las 50,000 a 100,000 personas que todavía permanecen en la ciudad inundada.
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