CHRISTIAN SPILLMANN/AFP
ROMA
El sociólogo y gastrónomo italiano Carlo Petrini, de 56 años, se ha propuesto salvar los productos de la huerta, y desde su movimiento, el Slow Food, fomenta una auténtica revolución en los placeres de la mesa.
Esta comenzó en Bra, su ciudad natal, cerca de Turín, en 1986, con un manifiesto, acta de nacimiento del Slow Food, en reacción a la mala comida, mal cocinada y ''tragada'' a toda prisa. A la fecha, este movimiento filosófico-alimentario que preconiza el placer de comer bien y la elección de productos naturales, todo ello en un marco acogedor, ha conquistado muchos adeptos, 83,000 miembros en 111 países. Además, organiza cada año un salón del gusto muy popular en Turín, publica libros y guías, ha creado una universidad de ciencias gastronómicas en Pollenzo y sobre todo anima Tierra Madre, que agrupa a las comunidades de productores del mundo entero.
''Hoy, nos enfrentamos a una urgencia etnológica: el riesgo de desaparición de este saber tradicional'', dice Petrini. ``Por ello hemos decidido invitar a chefs al próximo Tierra Madre''.
Desde su creación, el Slow Food ha logrado censar y salvar 200 productos de la huerta amenazados con desaparecer en Italia y otros 64 en el mundo, como el queso de yak del Tibet, el Zincarlin suizo, la fresa blanca de Puren en Chile o los quesos estadounidenses de leche cruda.
A sus detractores, que critican su actividad como ''un pasatiempo de rico que tiene tiempo que perder'', les responde con un argumento lapidario: ``Nunca hemos gastado tan poco para comer y nunca hemos tenido tanto tiempo libre en nuestras sociedades industriales''.
''Todo es cuestión de elección. Sólo basta con decidir cómo emplear el tiempo'', concluye.
(Enviado por María Paredes)